De lo que debemos hablar cuando hablamos de Reguladores -ter

Esta vez Energeeks informa desde Costa Rica, tierra verde y volcánica, propia para hablar del órgano regulador de Seguridad Industrial y Protección al Ambiente. Y sí, esta vez le toca comentario al único órgano regulador no coordinado del Sector Energético: la Agencia Nacional de Seguridad Industrial y Protección al Ambiente, mejor conocido como ASEA, cuyas siglas revelan más un servicio de intendencia que una agencia de esta naturaleza.

Recordemos de donde viene la ASEA, antes ANSIPA, siglas más dignas y descriptivas de sus funciones. La creación de una agencia de seguridad industrial y protección al medio ambiente en México proviene de la reforma de 2013 en la que copiamos y pegamos la idea gringa de separar los reguladores de hidrocarburos (CNH y CRE) del regulador ambiental.  Tras el estallido de Macondo, el pozo que perforaba BP, que no el pueblo de García Márquez, los estadounidenses se percataron de que la fusión de la regulación económica con la ambiental, y de seguridad industrial, implicaba en sí un conflicto de interés. ¿La razón? Porque el regulador económico tiene como objeto la captación de los máximos ingresos al Estado mientras que el regulador de seguridad y protección al ambiente busca beneficios que no son en metálico. Digamos, pues, que al regulador económico le interesa jalar lana para el Estado, mientras que el otro regulador dice “no a expensas de la seguridad industrial y del medio ambiente.”

El reventón y derrame de Macondo, ocurrido en 2010, en el otro lado del Golfo de México, hizo evidente este conflicto de interés. En ese entonces, el Mineral Management Service era el único regulador de exploración y extracción costa afuera en los Estados Unidos.  Al hacerse el dictamen de esta tragedia, en la que se vertieron 4.9 millones de barriles de crudo, quedó claro que el regulador que busca la perforación ágil y agresiva de pozos no debe ser el mismo que vigila las mejores prácticas de seguridad industrial y protección al medio ambiente. Así, MMS fue desaparecido y en su lugar fueron creados BOEM (Bureau of Ocean Energy Management) y, por otra parte, el Bureau of Safety and Environmental Enforcement (BSEE), el segundo de los cuales está específicamente dedicado a la procuración de la seguridad industrial y protección del medio ambiente de las actividades extractivas de hidrocarburos costa afuera de jurisdicción federal.

Nuestra ASEA hace lo que BSEE y mucho más. En primer lugar, BSEE regula únicamente actividades extractivas, costa afuera y de jurisdicción federal. Recordemos que Estados Unidos es una federación en serio y que los estados tienen extensísimas facultades en estas materias por lo que BSEE ahí no mete ni la nariz. En cambio, en México, cuya energía es centralista a más no poder, concentró en ASEA todas las actividades de hidrocarburos y todas las competencias.  Es decir, la pobre ASEA vela por la seguridad industrial y protección ambiental de toda la cadena de valor de hidrocarburos, desde que el barril sale de la madre tierra hasta que es vertido en el tanque de nuestro automóvil. ASEA debe vigilar todo el proceso, desde que la molécula sale del pozo hasta que mueve el volante.

Los hacedores de políticas de organizaciones y políticas públicas les encanta diseñar agencias plenipotenciarias, como la ASEA, sin asignarles recursos –ni materiales, ni financieros, ni humanos. Uno hubiera pensado que, a partir de la reforma de 2013, la ASEA, entonces dignamente encabezada por Carlos de Régules, iba a recibir un ejército de especialistas y un presupuesto a la medida de su encargo. Pero no. La ASEA se echó a andar con un centenar de funcionarios algunos de los cuales, fuera de toda broma, iniciaron labores sin siquiera un escritorio. Parece que el gobierno de Peña no se tomó en serio lo que propuso al crear un órgano sumamente recargado de asuntos sin posibilidades de despacharlos a cabalidad. Tenemos una BSEE, con muchas más competencias, en versión Región 4.

Las posibilidades de que ASEA crezca y se fortalezca ahora en la república amorosa son dudosas en el mejor de los casos. En primer lugar, a AMLO no le gustan los órganos reguladores, aunque ASEA no goza de la autonomía de CNH y la CRE, y sigue siendo un órgano desconcentrado del la SEMARNAT.  Así que a la ASEA le asiste que está bajo la línea directa de mando del Presidente. Por otra parte, si éste último se toma la ASEA en serio, tendrá que invertir mucha lana en recursos materiales y humanos. Para vigilar la seguridad industrial y el medio ambiente de toda la cadena de valor de los hidrocarburos en todo el país, ASEA tendría que crecer como las habichuelas de Jack, en todos sentidos, y eso no es consistente con la austeridad republicana. Menos aún con los recortes en el presupuesto para medio ambiente de 2019.

O quizá la Secretaria del Medio Ambiente,   Josefa González Blanco Ortíz Mena, le prescriba a Luis Vera Morales, actual Director General de ASEA, que se asista de los Aluxes para cumplir con su encargo.

¿Te pareció interesante la ASEA? Opina sobre qué debemos hacer para mejorar la seguridad industrial y la protección al medio ambiente.

De lo que debemos hablar cuando hablamos de Reguladores -bis

¿Creer o no en la CRE? Esa es la cuestión. El nuevo gobierno ha apuntado con dedo flamígero al más viejo regulador de la energía en México: la Comisión Reguladora de Energía. Este valiente y ya no tan nuevo regulador fue creado hace 25 años. La CRE vino al mundo como un órgano consultivo de la Secretaría de Energía en 1993. Sin embargo, renació por medio de su ley propia en 1995 ya como un órgano regulador de ciertas actividades de gas natural y de menor grado del sector eléctrico. En la reforma de Calderón fue dotado además con facultades de regular actividades relacionadas con el transporte, almacenamiento y distribución de petrolíferos, petroquímicos y biocombustibles. Estas facultades no fueron ejercidas porque no había un mercado que regular. ¿Qué hace un regulador si no hay competencia? Como en el caso de la CNH que comentamos en nuestra segunda entrada la CRE tenía un solo regulado: el viejo, nunca suficientemente ensalzado, por algunos aborrecido, Petróleos Mexicanos.

A falta de competencia, la CRE realizó tareas importantes aun antes de la Reforma Energética. Gracias a ella tenemos el corredor eólico más grande de América Latina. Es decir, la CRE ha sido y aún es pionera en el otorgamiento de permisos para la generación eléctrica con energías renovables. También ha facilitado el tendido de ductos de gas natural para suministrar a la industria mexicana y también a CFE.

En la reforma de 2013, la CRE fue dotada con facultades que ahora sí correspondían a un ambiente de competencia. Esta reforma sí pretende construir además del mercado del gas natural uno de petrolíferos, petroquímicos y biocombustibles. Para rematar, la CRE recibió nuevas responsabilidades en materia eléctrica. No solo otorgaría los permisos eléctricos como antes, sino también participaría en el diseño de metodologías para el cálculo de las tarifas eléctricas. Esta vez la CRE tendría un festín de nuevas competencias y un tsunami de asuntos por atender. Si hay en México un regulador muy ocupado, la CRE merece mención honorífica.

Hoy la CRE encara una realidad difícil. Por el aumento en el precio de las gasolinas y las erráticas tarifas eléctricas la CRE se encuentra en el incómodo resquicio entre la espada y la pared. Algunos funcionarios del nuevo gobierno incluso la usan como punching bag. El recién nombrado director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett, incluso la ha sentado en el banquillo de los acusados para hacer enjuiciada por el pueblo por el aumento en la gasolina y en la luz. Más aun, este es un juicio con presunción de culpabilidad. Sin debido proceso Bartlett ha guiado al público a condenar a la CRE por el hueco en el bolsillo de los mexicanos.

Esta no es la primera vez que la CRE sufre acusaciones y ataques de políticos y de otros grupos de interés. La CRE no tiene como propósito que los precios y tarifas sean invariablemente bajos, sino que sean congruentes con los costos y utilidades esperados de quienes prestan los servicios y suministran los bienes. De lo que se trata es que los mexicanos ganemos y las empresas obtengan lo razonable dentro de su actividad económica. De la CRE depende que las empresas no esquilmen, pero tampoco le regalen sus bienes y servicios a los mexicanos.

Suena justo ¿no?

Esto que suena fácil no lo es. La tarea de la CRE es muy compleja e ingrata. Cuando las empresas reguladas quieren subir precios y tarifas y la CRE no las deja éstas se tiran al piso y amenazan con quebrar o desinvertir. Esta es una práctica no solo de las empresas privadas sino también de Pemex, que se ha quejado hasta la náusea de como el regulador le impide ganar dinero. Pero, si la CRE autoriza un aumento de precios y tarifas, entonces los consumidores arman tremendas pataletas. Es entonces cuando la CRE es vista como la enemiga del pueblo y se ordena su dilapidación en plaza pública. Acto seguido los políticos salen a señalar a los culpables de la infelicidad de todos: el maldito regulador que nada sabe y que a todos amuela.

Cuando hablamos de reguladores no debemos buscar culpables. Hay que entender para qué sirven y para qué fueron creados. En el caso de la CRE, ésta fue creada para que las empresas que proveen electricidad, gas, petrolíferos, petroquímicos y biocombustibles no abusen de la indefensa banda que los necesita sin ser estos hermanitos de la caridad. México no puede ser un país próspero sin la inversión de empresas energéticas, pero tampoco podemos permitir que nos vean la cara. La CRE debe fomentar las condiciones para que esto suceda. Si lo ha logrado o no hasta el momento es otra historia. Los fracasos no son razón para desecharla ni sus méritos para garantizar su permanencia. Se le debe exigir una curva ascendente en su desempeño. Esto no será posible en un ambiente en el que las condiciones de gobernabilidad sean menos que propicias.

¿Sabías lo que hace la CRE? ¿Te parece relevante?

¿Por qué la mantendrías o cerrarías sus puertas?

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