Oportunidades son las que pasan mientras haces planes.

Feliz Año. ¿Será próspero? ¿Quién sabe? Si la riqueza de este país depende en gran parte de su industria energética tenemos de qué preocuparnos. El plan energético del gobierno de Andrés Manuel López Obrador es francamente regresivo, por no decir retrógrada. Es meter aceite nuevo en barriles viejos; es excavar en busca de fósiles; como los ancianos, no tiene dientes. Pareciera que el plan de este gobierno es no tener plan. Pero esto no es nada nuevo. En los sexenios pasados se decía que se emitían programas, planes y estrategias y tampoco pasaba nada. En México podríamos labrar en piedra la voluntad energética de cada gobierno y esperar nada de ello. Más han logrado las tablas de la ley, con los Diez Mandamientos, que recibió el profeta Moisés en el Sinaí. Nuestro primer mandamiento, entonces, debería ser “No escribirás nada que no puedas ejecutar”.

Los planes de AMLO para esta República Amorosa nos devuelven a lo que ha sido un largo vínculo monogámico con el Estado. Salvo el breve affaire con la libertad de mercado, que ha permitido la Reforma Energética, regresamos a casa para encontrarnos con nuestros cónyuges carilargos, aburridos, decrépitos y paupérrimos. Otra vez en la cama solo con CFE y Pemex. El solo pensarlo mata la pasión.

Si de taladros hablamos, de nuevo (o mas bien de viejo) nos espera la dupla entre Pemex y sus amigas empresas de servicios. El problema de este binomio no es únicamente el monopolio que se casa con un oligopolio ya muy conocido de prestadoras de servicios. El problema que sí es problema (haciendo paráfrasis de la sabiduría de nuestro filósofo guatemalteco) es que este binomio no sirve y que dejó de funcionar hace mucho tiempo. Con la combinación de un solo operador asistido por empresas de servicios encaramos una declinación brutal. Este punto es importante: no es la diversificación de operadores lo que ha causado que no encontremos, recuperemos y produzcamos más hidrocarburos. Al contrario, tenemos rendimientos decrecientes porque la diversificación aún es muy pequeña y no se nota. Podríamos hacer el experimento de dejar que la diversificación crezca por tan solo los 20 años siguientes durante el cual podríamos apostar a que en este tiempo habrá una curva ascendente en las reservas y en la producción. En cambio, si volvemos a lo que ya hicimos por casi 81 años es muy posible que sigamos en caída libre. Con una pluralidad de operadores en 20 años podríamos resarcir 81 años de agotamiento monogámico.

Sin embargo, el voto de confianza que AMLO le extiende a Pemex, a pesar de sus ínfimos resultados, no se lo da a empresas que han probado ser muy exitosas en otras latitudes. El presidente ya ha sentenciado que les dará tres años a los nuevos operadores para producir o perecer. Este término fatal es en lo sumo arbitrario porque no considera que algunos proyectos deben de fructificar en primavera cuando otros son otoñales. Un pozo en aguas someras como Zama I podrá estar listo para producir en meses. Mientras tanto, Exxon, según su contrato, iniciará las primeras perforaciones en aguas profundas este año, por lo cual si todo sale bien debemos esperar el beaujolais nouveau petrolero tal vez para fines de la segunda década de este segundo milenio. No es la misma la gestación de un gazapo que de un potrito. Cada una requiere de sus tiempos.

Por otra parte, cuando de la producción de Pemex se trata, el presidente le pide al pueblo bueno que le tenga paciencia pues aun, cuando se trate de campos que nuestra protegida empresa ya conoce bien, éstos podrían aumentar nuestra producción en los próximos tres a seis años. A ver: las empresas recién llegadas que perforarán lo ignoto de las aguas profundas tienen tres años para dar resultados; mientras que Pemex que debe conocer el subsuelo mexicano como ninguno merece la paciencia del pueblo. Esto es insolting and onaxeptabol cuando ya le tuvimos mucha paciencia a Pemex, el cual sin duda nos bañó de gloria pero ahora se encharca en el fango. El presidente se sigue refocilando en la Expropiación y en la Faja de Oro. ¿Y a Cantarell? Le deberíamos una mezquita, perdón una catedral, no menos, una basílica. Más que una guirnalda de oliva, las victorias de Pemex ya ameritan los Santos Oleos. Es fetichista aferrarse a un suceso geológico cuya vida útil perece.

Como exploradores parece que estamos perdidos, sin brújula. Como productores nos arrastramos en el desierto en busca del oasis perdido. Necesitamos compañeros de expedición para nuestras próximas aventuras petroleras. El matrimonio indisoluble entre Pemex y los mexicanos, por más que tuvo momentos de éxtasis está agotado.

¿Y tú que piensas? ¿Exageramos al decir que Pemex está agotado? Si no es así, ¿cómo revitalizarlo sin recurrir al viejo truco del estatismo?

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