¡Trágame tierra! Pemex truena.

Como en las películas chafas de desastres de los años 80, Pemex parece un infierno en la torre ejecutiva. Ahí en un resquicio del piso 45 anda Octavio Romero, pequeño y asustado como un ratón por los tronidos que han dado las calificadoras al desempeño de Pemex. En México el presidente goza de una aceptación inusitada. Los mercados internacionales no comparten el entusiasmo de la banda AMLOVER – ni siquiera por su letanía de buenas y sanas intenciones- . Es más, cada vez que Andrés dice algo que anima al pueblo las calificadoras -como Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s- rugen embravecidas y nos sacan del salón. Cada vez nos va peor en sus evaluaciones.

Andrés tiene razón  al decir que no todo lo que brilla es oro. El desempeño probo del gobierno y sus empresas deben tener algún valor. El desatino de este juicio radica en no ver quién hace la valuación y por qué. Estas calificadoras se dedican a ponderar la capacidad de cumplimiento crediticio de los agentes económicos, para ello se fijan en la solvencia de estos agentes para cumplir sus compromisos financieros. Ser pobre pero honrado no amerita una buena calificación crediticia por parte de ellas. Y para peor de males Pemex hoy es cada vez más pobre pero no más honrado.

No es la primera vez que Pemex truena y se va a segunda vuelta e incluso extraordinario. Aunque Pemex empezó 2013 con un aumento  en su calificación (BBB+ y A-) el burro de Lozoya no hizo bien su tarea y con él bajó a BBB-. Lo cual no es palmariamente reprobatorio pero comienza a ser mediocre. Todo buen matado hubiera apelado la calificación ante su profesor. Tal vez alegaría “que estudió mucho” y que no entiende su calificación. A eso correspondería una respuesta como “¿Qué parte del 5 no entendiste? Los palitos o la bolita”. Así como en un examen no son de primera importancia los desvelos ni los esfuerzos del evaluado, una calificadora no se tienta el corazón porque un agente económico tenga calidad moral. Lo que está en juego es si puede pagar lo que debe o no. Las calificadoras no son hipócritas. Simplemente no viven en el confesionario ni se encargan de la rectitud espiritual de los que piden dinero del público.

Para salir bien en los exámenes de las calificadoras rapaces no importa si Pemex es bueno o malo; importa si es buen o mal pagador. ¿Qué haría que Pemex fuera solvente? Buenos negocios. ¿Qué podría ser un buen negocio? Lo que más utilidades deja. ¿Qué deja más dinero en la industria petrolera? Bajo ciertas condiciones la exploración, la producción y la consecuente comercialización del petróleo crudo. ¿Qué es lo que menos deja en esta industria? Bajo toda circunstancia la refinación, la cual es considerada como un mal necesario para la transformación del petróleo crudo para productos petrolíferos de uso final. Todas las cochinadas que consumimos deben pasar por la ardua etapa de la transformación industrial antes de llegar a nuestras manos pero eso no quiere decir que la refinación en sí sea rentable. Para ser claras es como si horneamos un pastel. La actividad de cocción no es rentable, lo que es rentable es la venta del pastel con todas las confecciones que se le ocurran al repostero.

Andrés quiere un horno nuevo. Y quiere un gran horno. Y no solo quiere un gran horno, sino uno para hacer pasteles baratos que gusten al pueblo. O sea, quiere gastar mucho para vender barato. ¿Dónde está la ganancia? Esta pregunta tan simple es la que se hacen las calificadoras. No ven por qué alguien usaría el dinero de los demás para perderlo. Esa es la obligación de estas agencias. Si Andrés les chilla y les explica que tiene que producir gasolina barata porque el pueblo de México no tiene pan, Fitch, Moody’s o S&P le dirán como Maria Antonieta, en defensa de los derechos de los acreedores de Pemex, “que coman pastel”.

Oportunidades son las que pasan mientras haces planes.

Feliz Año. ¿Será próspero? ¿Quién sabe? Si la riqueza de este país depende en gran parte de su industria energética tenemos de qué preocuparnos. El plan energético del gobierno de Andrés Manuel López Obrador es francamente regresivo, por no decir retrógrada. Es meter aceite nuevo en barriles viejos; es excavar en busca de fósiles; como los ancianos, no tiene dientes. Pareciera que el plan de este gobierno es no tener plan. Pero esto no es nada nuevo. En los sexenios pasados se decía que se emitían programas, planes y estrategias y tampoco pasaba nada. En México podríamos labrar en piedra la voluntad energética de cada gobierno y esperar nada de ello. Más han logrado las tablas de la ley, con los Diez Mandamientos, que recibió el profeta Moisés en el Sinaí. Nuestro primer mandamiento, entonces, debería ser “No escribirás nada que no puedas ejecutar”.

Los planes de AMLO para esta República Amorosa nos devuelven a lo que ha sido un largo vínculo monogámico con el Estado. Salvo el breve affaire con la libertad de mercado, que ha permitido la Reforma Energética, regresamos a casa para encontrarnos con nuestros cónyuges carilargos, aburridos, decrépitos y paupérrimos. Otra vez en la cama solo con CFE y Pemex. El solo pensarlo mata la pasión.

Si de taladros hablamos, de nuevo (o mas bien de viejo) nos espera la dupla entre Pemex y sus amigas empresas de servicios. El problema de este binomio no es únicamente el monopolio que se casa con un oligopolio ya muy conocido de prestadoras de servicios. El problema que sí es problema (haciendo paráfrasis de la sabiduría de nuestro filósofo guatemalteco) es que este binomio no sirve y que dejó de funcionar hace mucho tiempo. Con la combinación de un solo operador asistido por empresas de servicios encaramos una declinación brutal. Este punto es importante: no es la diversificación de operadores lo que ha causado que no encontremos, recuperemos y produzcamos más hidrocarburos. Al contrario, tenemos rendimientos decrecientes porque la diversificación aún es muy pequeña y no se nota. Podríamos hacer el experimento de dejar que la diversificación crezca por tan solo los 20 años siguientes durante el cual podríamos apostar a que en este tiempo habrá una curva ascendente en las reservas y en la producción. En cambio, si volvemos a lo que ya hicimos por casi 81 años es muy posible que sigamos en caída libre. Con una pluralidad de operadores en 20 años podríamos resarcir 81 años de agotamiento monogámico.

Sin embargo, el voto de confianza que AMLO le extiende a Pemex, a pesar de sus ínfimos resultados, no se lo da a empresas que han probado ser muy exitosas en otras latitudes. El presidente ya ha sentenciado que les dará tres años a los nuevos operadores para producir o perecer. Este término fatal es en lo sumo arbitrario porque no considera que algunos proyectos deben de fructificar en primavera cuando otros son otoñales. Un pozo en aguas someras como Zama I podrá estar listo para producir en meses. Mientras tanto, Exxon, según su contrato, iniciará las primeras perforaciones en aguas profundas este año, por lo cual si todo sale bien debemos esperar el beaujolais nouveau petrolero tal vez para fines de la segunda década de este segundo milenio. No es la misma la gestación de un gazapo que de un potrito. Cada una requiere de sus tiempos.

Por otra parte, cuando de la producción de Pemex se trata, el presidente le pide al pueblo bueno que le tenga paciencia pues aun, cuando se trate de campos que nuestra protegida empresa ya conoce bien, éstos podrían aumentar nuestra producción en los próximos tres a seis años. A ver: las empresas recién llegadas que perforarán lo ignoto de las aguas profundas tienen tres años para dar resultados; mientras que Pemex que debe conocer el subsuelo mexicano como ninguno merece la paciencia del pueblo. Esto es insolting and onaxeptabol cuando ya le tuvimos mucha paciencia a Pemex, el cual sin duda nos bañó de gloria pero ahora se encharca en el fango. El presidente se sigue refocilando en la Expropiación y en la Faja de Oro. ¿Y a Cantarell? Le deberíamos una mezquita, perdón una catedral, no menos, una basílica. Más que una guirnalda de oliva, las victorias de Pemex ya ameritan los Santos Oleos. Es fetichista aferrarse a un suceso geológico cuya vida útil perece.

Como exploradores parece que estamos perdidos, sin brújula. Como productores nos arrastramos en el desierto en busca del oasis perdido. Necesitamos compañeros de expedición para nuestras próximas aventuras petroleras. El matrimonio indisoluble entre Pemex y los mexicanos, por más que tuvo momentos de éxtasis está agotado.

¿Y tú que piensas? ¿Exageramos al decir que Pemex está agotado? Si no es así, ¿cómo revitalizarlo sin recurrir al viejo truco del estatismo?

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