Apagamos el fuego con gasolina. Sobre lo poco que sabemos de Seguridad Industrial.

Acabamos de presenciar un holocausto, si entendemos por éste el sacrificio de una víctima al ser quemada en vida. Lo sucedido en Hidalgo no es menos que eso, así se trate de personas que, por robar combustible, fueron calcinadas. A Energeeks no nos interesa asumir el papel de jueces y dictar sentencias sumarias sobre su presunta culpabilidad o de sus yerros morales. Que de eso se encargue el poder judicial o, en su caso, el sacerdocio. Las Energeeks somos técnicas y a eso nos dedicamos. Tuberas a nuestros tubos.

El tema aquí es cómo es posible que, en primer lugar, sea tan fácil perforar una tubería de forma tal que los combustibles salgan como aguas brotantes. Por otra parte, parece inverosímil – aunque no lo sea- que la gente vaya hacia la fuga en lugar de huir de ella. Ante tal incidente, el instinto más elemental de supervivencia dictaría salir por piernas de ese lugar. Ante el riesgo de una muerte semejante, tan solo el instinto de fuga debería ser suficiente para poner pies en polvorosa.

Pero ni los militares, ni la fuerza pública, ni el riesgo de muerte ahuyentaron a cientos de personas que buscaban llenar tambos de gasolina. En este momento, para no caer en hipótesis malignamente simplistas, no adelantaremos conclusiones algunas. Como dijimos ya, de la conducta delictiva se encargará el aparato de procuración de justicia. De su calidad moral se debe encargar Dios. Nosotras no somos ni el uno ni el otro.

De los que sí nos compete hablar es de la seguridad de los ductos. Ahí no se requiere ni entrar en investigaciones ministeriales ni tampoco en el confesionario. Basta con consultar algunas normas técnicas de seguridad industrial que le compete aplicar a Pemex y cuya vigilancia le corresponde a la Agencia Nacional de Seguridad Industrial y Protección al Ambiente del Sector Hidrocarburos. En nuestra cuarta entrada hicimos una introducción sumaria a esta agencia, cuyo sentido es importante pero cuya eficacia es dudosa y ahora más que nunca.

Mucho se ha dicho sobre cuestiones conductuales de los perpetradores del siniestro. Nada se ha mencionado siquiera sobre la crasa negligencia de seguridad industrial tanto de Pemex, el operador, como de la ASEA, el regulador. En primer lugar, los ductos no se mandan solos. Para construir, operar, mantener, cerrar y desmantelar estos tubos hay reglas que seguir. Estas normas antes las prescribía Pemex, hasta que en la Reforma Energética de 2013 pasaron a manos de la ASEA precisamente para que el primero no se mandara solo. El quid del asunto es si esta normatividad es lo suficiente adecuada para los ductos expuestos a riesgos extraordinarios como los que existen en México. Una cosa es un tubo en el sur de Texas y otra muy distinta es uno en el Triángulo Rojo. Un ingeniero gringo, canadiense, noruego dirán que un tubo es un tubo aquí y en China. Así que las normas técnicas deben ser las mismas. Pero cuando se trata de México, Colombia o Nigeria los tubos están expuestos a conductas humanas insospechadas e insospechables. Es difícil para los mexicanos ser comparados con los nigerianos. Dejemos los baños de pureza y pensemos en los casi 100 muertos de Tlahuelilpan.

La norma establece que, una vez hechos los análisis de riesgo -que no prevén el robo de combustibles- y la manifestación de impacto ambiental, la franja de seguridad del ducto debe minimizar la erosión del tubo y los daños al terreno. Esta disposición es para el mejor de los mundos posibles y no para Huachicolandia. El problema no es que nos falten reglas, es que nos sobran delincuentes y que no existe un aparato de procuración de justicia capaz de detenerlos. Lo que Energeeks se rehúsa a llamar Huachicoleo por sus connotaciones artesanales es en realidad una veta de negocio sumamente lucrativa del crimen organizado. De eso no ha hablado el señor presidente. En cambio, se ha limitado a señalar a funcionarios de Pemex en colusión con gobiernos “neoliberales” pero se le hace la boca chicharrón antes de mentar a los Zetas y al Cártel de Jalisco Nueva Generación.

No estamos proponiendo que la ASEA adopte en sus competencias la materia de seguridad pública y de combate a la delincuencia. Pero sí, que comience pero ya una reflexión sobre cómo la tecnología puede servir para combatir, no solo el robo de combustibles, sino también la inseguridad que causó la indescriptiblemente horrenda muerte de tantos mexicanos. Si la ASEA y Pemex no usan la inteligencia para desalentar estas conductas, la presencia de miríadas de personas armadas no podrán hacer nada.